El Rosario

 

El RosarioRezar el Rosario

Conferencia a la peregrinación del Rosario. Lourdes, octubre de 1998- El Rosario Fr Timothy Radcliffe

Fr. Timothy Radcliffe, O.P.

Cuando se me pidió hablar del Rosario debo confesar que tuve un momento de pánico. Nunca había leído nada del rosario y nunca reflexioné sobre él en toda mi vida, estoy seguro que la mayor parte de nosotros tiene sobre el rosario ideas mucho más profundas que las mías, El rosario es algo que he hecho sin pensar en ello, como el respirar. Respirar es sumamente importante para mí. Respiro todo el tiempo, pero nunca he dado una charla sobre la respiración. Rezar el rosario, como respirar, es muy simple. ¿qué hay que decir?

  1. La simplicidad.

Puede parecer curioso que una plegaria tan simple como el Rosario esté particularmente asociada a los dominicos. Raramente se piensa en los Dominicos como gente simple. Tenemos la reputación de las grandes obras teológicas largas y complejas. Sin embargo se nos hemos peleado por conservar el Rosario. Es nostra sacra haeriditas, “nuestra santa herencia”. Hay una larga tradición iconográfica de Nuestra Señora dando el Rosario a Santo Domingo. En un determinado momento, otras órdenes religiosas celosas, se pusieron a encargar cuadros de Nuestra Señora dando el Rosario a otros santos: S. Francisco e incluso S. Ignacio . Nos defendimos y creo que en el Siglo XVII convencimos al Papa de poner fin a la competición. Se permitió representar a la Virgen entregando el Rosario sólo a Santo Domingo.

Pero, ¿porqué esta oración tan simple es tan querida por los dominicos? Puede ser porque en el corazón de nuestra tradición teológica, reside una espiración a la simplicidad. Santo Tomás de Aquino decía que no podemos comprender a Dios porque Dios es perfectamente simple. Su simplicidad sobrepasa todas nuestras concepciones. Estudiamos, afrontamos problemas teológicos, probamos nuestros espíritus con el objetivo de aproximarnos al misterio de Cristo que es total simplicidad. Debemos de ir más allá de la complejidad para llegar a la simplicidad.

Hay una falsa simplicidad, de la cual debemos desconfiar. Es la simplicidad de los que tienen demasiado a menudo respuesta para todo, los que saben todo por adelantado. Son a veces muy perezosos, a veces incapaces de pensar. Y hay la verdadera simplicidad, la del corazón, la simplicidad de las miradas claras. No podemos llegar a ella mas que lentamente y con la Gracia de Dio, acercándonos a la cegadora simplicidad de Dios. El Rosario, en efecto, es simple; bien simple. Pero de la simplicidad sabia y profunda a la cual aspiramos y en la que encontraremos la paz.

Se dice que cuando envejecía San Juan el Evangelista se volvió totalmente simple. Que le gustaba jugar con una paloma y todo lo que decía a la gente que le venía a ver era “ámense los unos a los otros”. Ni ustedes ni yo nos contentaríamos con esta respuesta. Nadie nos creería. Sólo alguien como San Juan que escribió el más rico y el más complejo de los Evangelios puede llegar a la verdadera simplicidad de la sabiduría y no decir más que ¨Ámense unos a otros”. De igual manera solo un santo como Santo Tomás de Aquino pudo decir que todo lo que había escrito era “como una brizna de hierba”. Sí, el Rosario es muy simple. Puede ser una invitación a descubrir esta simplicidad profunda de la vida sabia. Se dice de G. Lagrange, uno de los fundadores de los estudios bíblicos modernos, que hacía falta tres cosas cada día: estudiarla Biblia, leer los periódicos y ¡rezar el Rosario!

Me gustaría mostrar que no solo el Rosario es de una simplicidad verdadera y profunda, sino también que muchas de sus características son auténticamente dominicanas.

  1. El angel, ese predicador.

El Dios te salve María comienza con las palabras del ángel Gabriel: “Dios te salve María, llena de gracia, el Señor esta contigo”. Los ángeles son predicadores profesionales. Su mismo ser es proclamar la Buena Nueva. Las palabras de Gabriel son un perfecto sermón. Y además ¡es corto! Proclama lo esencial de toda predicación: “El Señor está contigo” Es ahí donde encontramos el centro de nuestra vocación; decirnos unos a otros: “Ave Daniel, Ave, Luisa, el Señor está contigo”. Es por eso que Humberto de Romans uno de los primeros Maestros de la Orden, decía que nosotros los dominicos, estamos llamados a vivir como ángeles. ¡Incluso si uno debe de dudar, según mi experiencia, de si la mayor parte de los dominicos no son particularmente angélicos!

En diciembre último, me encontraba en Ho Chi Min City, durante la visita canónica a la Provincia de Vietnam. Al final de la jornada de trabajo mi socio y yo nos encantaba salir a perdernos en las callecitas de la ciudad. Uno de los placeres consistía en escapar del espionaje que el gobierno enviaba para saber lo que tramábamos. Caminamos durante horas a través del laberinto de calles estrechas llenas de vida de gente que apostaban, comían, hablaban, jugaban al billar. En muchas casas se veía la imagen de Buda. Y de repente, una tarde a la vuelta de una esquina entramos en un parquecito y allí en medio se encontraba la inmensa estatua de un dominico con alas. Era San Vicente Ferrer al que se representa siempre como ángel. Era el gran predicador. Daniel me dijo que se le consideraba el ángel del Apocalipsis anunciando el fin del mundo. Bueno… ¡ningún predicador tiene siempre razón! Así el ángel Gabriel es un buen modelo para nosotros los dominicos.

Pero todavía hay otro aspecto del “Dios te salve María” que es una especie de homilía. Una homilía no nos habla solo de Dios. Nace de la Palabra que Dios nos dirige. La predicación no es sólo el relato de acontecimientos ligados a Dios. Nos da la Palabra de Dios, Palabra que rompe el silencio entre Dios y nosotros.

Las primeras palabras de la oración son las que el ángel dirige a María: “Dios te salve, María llena de gracia”. El comienzo de toda cosa es la Palabra que escuchamos. San Juan escribía: “En esto consiste el amor: no es que nosotros hayamos amado a Dios, sino que es él quien nos ha amado y ha enviado a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4,10). De hecho en la época de Santo Domingo el Ave María no estaba formado mas que por las palabras del ángel y de Isabel. Nuestra oración está hecha de palabras que nos han sido dadas, No es sino más tarde después del concilio de Trento que se añadió nuestro propio discurso a María.

Muy a menudo concebimos la oración como el esfuerzo hecho para hablar a Dios. La oración a veces parece una lucha por llamar la atención de un Dios distante. ¿Nos oirá? Esta simple oración nos recuerda que la oración no funciona así. No somos nosotros los que rompemos el silencio. Cuando hablamos es como respuesta a palabras recibidas. Penetramos en una conversación que ha comenzado ya sin nosotros. El ángel proclama la Palabra de Dios. Y ello crea un espacio en el cual podemos responder “Santa María, madre de Dios”.

Nuestra vida sufre a menudo del silencio. Existe el silencio del cielo que parece a veces habernos sido cerrado. Está el silencio que nos separa a los unos de los otros. Pero la Palabra de Dios viene a nosotros por la buena predicación y abre todas estas grandes barreras. Somos liberados de nuestro mutismo, haciéndosenos capaces de palabra. Sentimos venir a las palabras: las destinadas a Dios y las palabras entre nosotros.

Puede ser que podamos ir más lejos. El Maestro Eckhart ha dicho: “No rezamos: somos rezados”. Nuestras propias palabras son la resonancia, la prolongación de la Palabra que se nos ha dirigido. Nuestras oraciones son Dios que reza en nosotros, bendice, glorifica en nosotros. Como escribía San Pablo cuando gritamos “Abba, Padre” “el Espíritu en persona se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios…”.

Los saludos del ángel y de Isabel a María se prosiguen a través de las palabras que nosotros le dirigimos. La segunda mitad de la oración hace eco de la primera. El ángel ha dicho: “Dios te salve, María, llena de gracia; en nuestra boca eso se convierte en el mismo saludo: “Santa María”. Isabel dice: “Bendito el fruto de tu vientre” y nosotros decimos “madre de Dios”. Hemos sido ganados por la Palabra de Dios. Nuestra oración es Dios que habla en nosotros. Hemos sido adiestrados en la conversación que es la vida de la Trinidad.

También quisiera mirar esta simple oración como una pequeña homilía modelo. Proclama la Buena Nueva. Y como todas las buenas homilías hace algo más. No se contenta con darnos pistas moralizantes. Ofrece una Palabra de Dios, una palabra que hace eco en nuestras propias palabras, una palabra que va más allá de nuestro silencio y nos da voz.

  1. Una oración para la casa y una oración para el viaje.

Todavía hay otro aspecto de esta oración que es muy dominicano. Es una oración para la casa y una oración para la ruta. Es una oración que construye una comunidad al mismo tiempo que nos lanza al viaje. Es esta una tensión muy dominicana. Tenemos necesidad de nuestras comunidades. Tenemos necesidad de lugares donde “estamos en casa” con nuestros hermanos y hermanas. Y al mismo tiempo somos predicadores itinerantes, no podemos situarnos demasiado tiempo, sino que debemos lanzarnos a la predicación. Somos contemplativos y activos. Permítanme explicar ahora como el Ave María está marcado por esta misma tensión.

Piensen en los grandes cuadros de la anunciación. Nos presentan en general, una escena doméstica. El ángel va a casa de María. María está allí en su cuarto, en general, leyendo. A menudo se puede ver al fundo una rueca apoyada contra el muro. Fuera, un jardín. Es aquí donde empieza la historia, en su casa. Y es justo que sea así puesto que la Palabra de Dios hizo entre nosotros su hogar. Dios viene a plantar su tienda entre nosotros.

En cierta manera, el rosario es a menudo la oración de casa de uno y de la comunidad. Tradicionalmente se la rezaba cada día en las familias y en las comunidades. A mitad del siglo XV tiene lugar la fundación de las fraternidades del Rosario que se reunían para rezar juntas. Así el rosario está profundamente asociado a la comunidad, a la oración compartida. Debo confesar que tengo recuerdos muy ambiguos del Rosario en familia. En mi casa no se le rezaba pero iba a menudo a casa de los primos que lo rezaban juntos cada tarde. Frecuentemente era una catástrofe. Por mas cuidado que se pusiera en cerrar las puertas los perros hacían irrupción en la pieza y en medio de la familia viniendo a lamer las caras. Por eso, poco importaban nuestras piadosas intenciones, acabábamos por explotar de risa. Llegué a dudar del Rosario en familia.

Pero el saludo del ángel no deja a María quedarse en su casa. El ángel viene a descomponer su vida doméstica. Pienso muchas veces en una maravillosa Anunciación pintada por nuestro hermano dominico Petit que vive y trabaja en Japón. Muestra a Gabriel el gran mensajero cubriendo una parte de la tela; María es una jovencita japonesa, graciosa y reservada a la cual la vida le cambió. Está centrada en un viaje que la llevará a Belén, a Egipto, a Jerusalén. Este viaje la llevará hasta el punto de romper su corazón al pie de la cruz. Este viaje la llevará finalmente hasta el cielo y la gloria.

El Rosario es entonces también la oración de los que viajan, de los peregrinos como vds. Yo he aprendido a amar el Rosario justamente como oración para mis viajes. Es una oración para los aeropuertos y para los aviones. Es una oración que se dice muy a menudo a aterrizar en un lugar nuevo cuando me pregunto qué encontraré y qué les podré aportar. Es una plegaria para despegar, dar gracias por todo lo recibido de los hermanos y hermanas. Es una plegaria de peregrinación a través de la Orden.

Pienso que la estructura de este viaje marca el Rosario de dos maneras. Está presente en las palabras de cada “Dios te salve María”. Y está presente en el transcurso de los misterios del Rosario.

Dios te salve María – La historia del individuo

Cada Ave María evoca el viaje individual que cada uno de nosotros debe hacer del nacimiento a la muerte. Está marcado por el ritmo biológico de toda vida humana. Cita los tres momentos de la vida de los cuales podemos estar absolutamente seguros: hemos nacido, vivimos ahora y moriremos un día. Empieza en el principio de toda vida humana, la concepción en el seno materno. Nos sitúa ahora, en el momento en que pedimos a maría sus oraciones. Encara la muerte, nuestra muerte. Es una oración increíblemente física. Está marcada por el inevitable drama corporal de todo cuerpo humano que ha nacido y debe morir.

Y esto es bien dominicano. Porque la predicación de Domingo empieza en el sur de Francia, no muy lejos de aquí, contra los herejes que despreciaban el cuerpo y que consideraban la creación entera como maligna. Confrontaba Domingo una de las olas de espiritualidad dualista que han venido llegando cada cierto tiempo sobre Europa. San Agustín, cuya regla seguimos, cayó en uno de esos movimientos cuando, joven, fue maniqueo. Y todavía hoy, una gran parte del pensamiento popular es profundamente dualista. Los estudios han mostrado que los científicos modernos piensan generalmente la salud en términos de escapatoria del cuerpo.

Pero la tradición dominicana ha subrayado siempre que somos seres físicos, corporales. Todo lo que somos viene de Dios. Recibimos en alimento el sacramento del cuerpo y la sangre de Jesús; esperamos la resurrección de los cuerpos.

El viaje que cada uno de nosotros debe recorrer es, en primer lugar, físico, biológico, y nos lleva del vientre de nuestra madre, a la tumba. Es en este espacio temporal en el que nos reencontraremos con Dios y encontraremos la salvación, Y esta simple oración nos ayuda en el transcurso del camino.

La concepción.

Las palabras del ángel permiten la fertilidad para una virgen y para una mujer estéril. La bendición de Dios nos vuelve fértiles. Cada uno de nosotros, por su nacimiento individual, es el fruto bendito de un vientre.

Creo que la bendición prometida por el ángel toma siempre forma de fertilidad en toda vida humana. Es la bendición de los nuevos comienzos, la gracia de la frescura. Puede ser que nosotros hayamos sido creados a imagen y semejanza de Dios porque compartimos la creatividad de Dios. Somos sus asociados en la creación y la recreación del mundo. El ejemplo más dramático y milagroso de ello, es el nacimiento de un niño. Los hombres que sin embargo no pueden hacer este milagro, son bendecidos por la fertilidad. Frente a esterilidad, la aridez, la futilidad, Dios viene a ofrecer un mundo fértil. Cada vez que Dios se aproxima a nosotros es para hacernos creativos, para transformarnos, para renovarnos ya sea labrando la tierra, plantando o sembrando, o por el arte, la poesía, la pintura.

“Bendito el fruto de tu vientre”. Puede ser entonces que la mejor manera de predicar el milagro de esta fertilidad sea el arte, la pintura, el canto, la poesía. Porque son modestas participaciones de esta misma bendición de esta infinita fertilidad de Dios.

Una historia encantadora citada Malreaux a Picasso cuenta como, cuando Bernadette de Lourdes entró al convento, una multitud de gentes le enviaron estatuillas de la Virgen. Pero ella jamás las tenía en su cuarto porque, decía ella, las estatuas no se parecían a la mujer que ella había visto. El obispo le envió álbumes de celebres cuadros de la Virgen pintados por Rafael, Murillo y otros. Ella observó las vírgenes barrocas y renacentistas. Pero ninguna le parecía exacta. Después vio la virgen de Cambrai, copia, datada en el siglo XIV, de un muy antiguo icono bizantino y que no se parecía a ninguno de los cuadros que Bernadette había visto. Y dijo: “¡Es ella!”.

Puede no ser sorprendente que la muchachita que había visto a la Virgen, la reconociera en un icono, fruto del arte sacro, fruto de una santa creatividad. María aparecía con mas claridad en la obra de un pintor hecho fértil por la gracia de Dios.

Ahora.

El Rosario evoca también otro momento, no sólo el del nacimiento, sino también el momento presente. “Ruega por nosotros pecadores, ahora”. Ahora es el instante presente en la peregrinación de nuestra vida cuando tenemos que mantener, sobrevivir, proseguir nuestro camino hacia el Reino.

Es interesante destacar que este instante presente es considerado como un momento en el que nosotros, pobres pecadores, tenemos necesidad de compasión, Es una compasión profundamente dominicana. ¿Recuerdan la oración de Domingo?: “Señor, piedad de tu pueblo. ¿Qué será de los pecadores?” El presente es un momento en el que tenemos necesidad de compasión, de misericordia. En la capilla Sixtina hay en el fresco del juicio final, un hombre izado fuera del purgatorio por un ángel con un Rosario.

El presente es un tiempo durante el cual debemos sobrevivir ignorando hasta cuando deberemos de esperar el Reino. Un dominico americano que regresó a China hace algunos años, encontró diversos grupos de laicos dominicos que habían sobrevivido a los años de persecución y de aislamiento. La única cosa que habían conservado durante todos estos años era el recitar el Rosario juntos. Fué el pan cotidiano de la supervivencia. Y, dirigiéndose a regiones aisladas de México varios de nuestros frailes se encontraron con lo mismo. La única práctica que proseguía era la del Rosario. Es la oración para los supervivientes del tiempo presente.

Bede Jarrett, provincial inglés en los años 30, envió a Africa del sur a un miembro de su provincia llamado Bertrand Pike, para ayudar a la nueva misión de la Orden. Pero Bertrand se sintió sobrepasado e incapaz de afrontarla era mas de lo que podía asumir. Le faltaba el valor de continuar. Y Bede le recuerda en una carta, una época durante la guerra, en la que él había puesto su coraje en el Rosario.

“Recuerdas el día terrible donde debías atravesar las trincheras en Ypres, cuando el valor te faltaba y que no fue más que después de 3 o 4 intentos que tu te viste forzado a pasar y entonces te diste cuenta de que las cuentas de tu rosario habían mordido la carne de tu dedo en tu movimiento inconsciente de apretarlas para dar un nuevo ánimo a tu coraje… Pues, querido Bertrand, ánimo y miedo no son contrarios. No tienen valor mas que los que hacen su deber incluso cuando tienen miedo”

Así, Bertrand debió de agarrar su rosario bien apretado para encontrar coraje “ahora y en la hora de su muerte”. El Rosario es la plegaria para todos los que tenemos necesidad de coraje para continuar, para triunfar ante el miedo. Nos da el valor del peregrino.

En la hora de nuestra muerte.

El último momento de nuestra vida corporal del cual estamos seguros de el de la muerte. “Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Ante la muerte, rezamos el Rosario. Acabo de regresar de Kinshasa en el Congo, donde muchas de nuestras hermanas han afrontado la muerte estos últimos años. La provincial de las hermanas misioneras de Granada, Sor Cristina me contó como, en la última guerra, ella y sus hermanas debieron huir de la misión en el norte del Congo. Unos amigos las escondieron en la selva. Ella es médico y, en su fuga, se cruzó con un hombre al cual había salvado a su mujer. Le dijo que ahora era su turno de salvarle la vida. Escuchaban alrededor suyo explosiones de las metralletas. Les dijeron que los rebeldes habían descubierto su escondrijo y que pronto vendrían a matarlas. Ante esta muerte anunciada, las hermanas rezaron el Rosario. Es la oración que María hará por nosotros cuando estemos frente a la muerte. No estaremos solos.

Pienso también en mi padre. Durante la segunda guerra mundial mi madre y mis tres hermanos mayores permanecieron en Londres. Yo iba a nacer pronto. A pesar de las bombas que, noche tras noche, caían sobre Londres, mi madre se preocupaba mucho de estar dispuesta ante la eventualidad de que mi padre pudiera tener un permiso y regresar a casa. Y mi padre hizo la promesa de que si toda la familia sobrevivía a la guerra, rezaría el Rosario todas las noches. Por eso, entre mis recuerdos de infancia, veo a mi padre cada noche, antes de la cena, paseando por la sala rezando el Rosario. Daba gracias, cada noche, por que habíamos sobrevivido a esta amenaza de muerte. Y uno de los últimos recuerdos de mi padre se sitúa un poco antes de su muerte. Estaba demasiado débil para rezar por sí mismo. Entonces, su familia, su mujer y sus seis hijos se reunían alrededor de la cama rezando el Rosario por él. Era la primera vez que no lo podía hacer por sí mismo. Su muerte, rodeado de todos nosotros, era una respuesta a aquella oración que tantas veces había repetido. “Ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte”.

T.S. Elliot implora en uno de sus poemas: “Rueguen por nosotros ahora y en la hora de nuestro nacimiento”. Y tiene razón. Porque debemos afrontar estos tres momentos de nuestra vida: el nacimiento, el presente y nuestra muerte. Pero en cada instante aspiramos a lo mismo: un nuevo nacimiento. A lo que aspiramos ahora, como pecadores, es no a una piedad que se contentaría con olvidar lo que hemos hecho, sino a una misericordia que hará de nuestras acciones también un momento de renacimiento, de comienzo de nuevo. Y frente a la muerte, deseamos de nuevo que las palabras del ángel vengan a anunciarnos una nueva fertilidad. Porque toda nuestra vida está abierta a la infinita novedad de Dios, a su insondable frescor. El ángel viene y vuelve a venir con nuevas anunciaciones de la Buena Nueva.

Los misterios del Rosario – La historia de la salvación.

El Ave María individual es entonces la oración del viaje que cada uno de nosotros debe recorrer del nacimiento a la muerte, pasando por el momento presente. Pero, a fin de cuentas, nuestra vida no tiene sentido en sí misma, como historia privada, individual. Nuestra vida no tiene sentido más que unida a una historia mas vasta que se extiende desde el principio hasta el fin desconocido, desde la creación hasta el Reino. Y esta extensión más amplia está presente en los misterios del Rosario, que recorren la historia de la salvación.

Se han comparado los misterios del Rosario con la Summa theologica de Santo Tomás. Cuentan a su manera como todo viene de Dios y todo vuelve a Dios. Porque cada misterio del Rosario forma parte de un único misterio, el de nuestra Redención en Cristo. Como escribía Pablo a los efesios: “El nos ha hecho conocer el misterio de su voluntad, ese deseo amoroso que él había formado en él por adelantado para realizarlo cuando se cumpliera el tiempo: recapitular todas las cosas bajo un solo Señor, Cristo, los seres celestes como los terrestres” (Ef 1,9).

Se pudiera decir entonces que cada Ave María representa una vida individual, con toda su historia de la vida a la muerte. Pero todos esos Ave María están abrazados en una historia más larga, la de la Redención. Tenemos necesidad de dos dimensiones, de una historia a dos niveles. Necesito dar un sentido a mi vida, a la historia de mi carne y de mi sangre, con mis derrotas y mis victorias. Si no hay sitio para mi historia única estaré simplemente perdido en la historia de la humanidad. Porque Cristo me dice: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Tengo necesidad de ese Ave María individual, mi pequeño drama personal para plantar cara a mi pequeña muerte personal. Mi muerte puede ser que no signifique gran cosa para la humanidad, pero para mí, será lo más importante.

Sin embargo no es suficiente quedarse en este nivel personal. Debo de ver mi vida inserta en el drama más vasto del designio de Dios. Solo, mi historia no tiene sentido. Mi Ave Maria individual debe encontrar lugar en los misterios del Rosario. Así el Rosario propone el perfecto equilibrio del cual tenemos necesidad para la búsqueda de sentido de nuestra vida tanto en el plano individual como en el plano colectivo.

  1. La repetición.

He intentado dar sucintamente algunas razones por las que el Rosario es claramente una devoción profundamente dominicana. El Ave María lleva consigo todas las características de una homilía perfecta y breve. Y el Rosario en su conjunto está marcado por el tema del camino (el nuestro y el de la humanidad). Todo ello se conjuga muy bien con la vida de una Orden de Predicadores itinerantes. Hubiera podido insistir en otros aspectos como los fundamentos bíblicos de los misterios. Porque hay una meditación prolongada sobre la Palabra de Dios en las escrituras. Pero ¡ya he hablado demasiado!

Sin embargo debo responder a otra objeción. He querido evocar la riqueza teológica del Rosario. Sin embargo la realidad es que rezando el Rosario muy raramente se piensa en lo que se hace. En realidad no pensamos en la naturaleza de la predicación o en la historia humana y su relación con la historia de salvación. Hacemos un gran vacío en nuestra vida. Incluso a veces nos pasará por la cabeza preguntarnos porque repetimos sin cesar las mismas palabras sin pensar en ellas. ¡Esto no parece ser dominicano! Sin embargo, desde el principio de nuestra tradición nuestros frailes y nuestras monjas han amado esta tradición. Se dice que nuestro hermano Romeo, muerto en 1262, recitaba ¡mil Ave Marías al día!

En primer lugar hay que decir que numerosas religiones llevan la marca de la repetición de palabras sagradas. El pasado domingo, preguntándome lo que iba a decir del Rosario, escuché en la BBC una ceremonia budista que consistía aparentemente en una permanente repetición de palabras sagradas, el “mantra”. A menudo se ha recordado que el Rosario es bastante parecido a estas tradiciones de piedad oriental y que la constante repetición de estas palabras puede hacer en nuestro corazón una lenta pero profunda transformación. Es bien conocido y no insisto más.

Se podría señalar también que esta repetición no es necesariamente síntoma de una falta de imaginación. Un puro placer, un placer exuberante, puede hacernos repetir palabras. Cuando amamos, sabemos bien que no basta nunca con decir una sola vez “te amo”, Queremos decirlo más y más, esperando también que el otro desee oírlo más y más.

Chesterton escribía: “Porque los niños desbordan vitalidad por que son feroces y libres de espíritu es por lo que quieren que las cosas se repitan y no cambien nunca. Siempre piden ¿una vez más!; y la persona mayor recomienza ya a punto de hartarse porque las personas mayores no son lo bastante fuertes para exultar en la monotonía. Puede ser que Dios diga todas las mañanas al sol “¡vamos, una vez más!”; y todas las noches a la luna: “¡Vamos, otra vez!”. No es necesariamente por una absoluta necesidad la que haga a todas las margaritas parecidas; pudiera ser cree a cada margarita separadamente, pero no las deje nunca de hacer así. Pudiera ser que Dios tenga un eterno apetito de niño; porque si hemos pecado y hemos crecido, nuestro Padre es más joven que nosotros. La repetición en la naturaleza puede ser no una simple recurrencia, sino, como en el teatro un bis donde el cielo recordaría al pájaro que ha puesto otra vez un huevo. ¡O una vez más nuestra repetición del Rosario!

En fin, es verdad que rezando el Rosario no se piensa siempre en Dios. Se puede continuar durante horas sin el menor pensamiento. Sólo se está, se dice nuestra oración. Y ello puede ser bueno también. Cuando rezamos el Rosario, celebramos que el Señor está verdaderamente con nosotros, que estamos en su presencia. Repetimos las palabras del ángel: “El Señor está contigo”. Es una plegaria de la presencia de Dios. Y si estamos en grupo no tenemos que pensar en los otros. Como lo ha escrito Simon Tugwell, “yo no pienso en mi amigo cuando está a mi lado; estoy muy ocupado saboreando su presencia. Cuando está ausente es cuando empiezo a pensar en él. El hecho de pensar en Dios nos lleva, curiosamente, a tratarle como si estuviese ausente. Pero no lo está”.

Por eso no intentemos, en el Rosario, pensar en Dios. Al contrario, saboreemos las palabras del ángel dirigidas a cada uno de nosotros: “El Señor está contigo”. Repitamos continuamente las mismas palabras con la exhuberancia vital insondable de los niños de Dios, que se regocijan con la Buena Noticia.